¿Nuevos enclaves?

En 2010, uno de los hijos del ex alcalde de Tegucigalpa, Henry Merriam, moría al caerse al vacío en el hueco de un elevador. Sin entrar en detalles, el escenario del accidente era la lujosa Torre Sky, entonces en obras, y que sería durante varios años, con sus 27 pisos, uno de los edificios más altos de Centroamérica (punto y aparte Panamá).

Ese año, Honduras se fisuraba como nunca antes en su historia reciente. El golpe de Estado seguía fresco y en las marchas de la calle, la gente todavía gritaba “asesinos”, “asesinos”.

Como es natural, la trágica muerte de Merriam hijo dolió mucho a sus próximos. No solamente perdían un familiar y un amigo, sino también un representante de una Tegucigalpa con cierto abolengo, con algunas miras de inversión local, menos politizada y, en principio, más “conectada” con las tendencias del capitalismo contemporáneo que con la regresión política del golpismo duro.

La Torre Sky se terminaba en 2011, arrastrando la leyenda negra que heredan este tipo de desgracias. Sola, o casi sola, observaba cómo la ciudad entraba de lleno en los años del narcotráfico, el verdadero ganador tras el golpe.

A pesar de que el país se sumergía en una recesión a todos los niveles, Tegucigalpa crecía para arriba, de una forma un tanto inexplicable.

En el decenio de 2010 y lo que va de 2020 se construyeron más edificios altos que en todos los 50 años precedentes.

Dinero del lavado o dinero “limpio”, la realidad es que el paisaje urbano de Tegucigalpa y San Pedro cambiaba, por lo menos en los sectores donde se levantan estos edificios.

La vida que tienen dentro y los capitales que están detrás siguen siendo una incógnita. Alquilados enteramente por el sector terciario o cuartenario de la economía (Call Centers, banca digital, consultoria a distancia, E commerce etc.) o vendidos o rentados como apartamentos, lo cierto es que en pleno 2026, las torres parecen ser un “modelo” “rentable”, cuyo impacto, al menos en cuestión de espacio, supera los cambios que trajeron la llegada de los malls a inicios de los 2000.

Si los malls surgían para modificar las prácticas de consumo, las torres reflejan la inserción de Tegucigalpa y San Pedro Sula dentro de un capitalismo global y descentralizado, que se instala en nichos urbanos y que suele estar al margen del resto del país.

Es muy probable que muchas de las interlocuciones que se generen en estos espacios sean con el extranjero y no con Honduras.

Nada nuevo. Sería la misma lógica del enclave. Y, de paso, tampoco es de extrañar que la impresionante embajada de Estados Unidos en Tegucigalpa haya sido construida en la misma zona.

En el futuro inmediato, independientemente de que sean o no los enclaves que podemos llegar a imaginar (los peores) y mientras estos espacios sigan siendo rentables, este movimiento de capitales seguramente exige y demandará al Estado mayor intervenciones para seguir desarrollando su hábitat.

Capital público con fines privados.

Por otro lado, no hay gran capital que no expropie (en nombre del eufemismo del momento), que no exija exoneraciones, beneficios exclusivos.

No se trata de estar en contra de “el progreso”, sino de ejercer el derecho legítimo de saber quién o quiénes están construyendo y modificando las ciudades en las que vivimos.

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